
Sus tierras fueron escenarios de la primera batalla de los quivicaneros por el sueño anhelado de la independencia. Liderados por el Generalísimo, el 11 de enero de 1896, constituyó una rotunda victoria mambisa, uno de los combates más contundentes dentro de la campaña de La Lanzadera
La viuda de Manuel Socorro de Puig, Doña Rosa Franchialfaro, en acuerdo con sus hijos, vende el ingenio por cincuenta mil monedas de oro a una joven muy rica, Elena Rosa Hernández de Sotolongo quién venía de Islas Canarias con una considerable riqueza al vender todos sus propiedades en su patria. Fue ella quien denominó al ingenio “Mi Rosa”.
Doña Elena Rosa no era bella pero sí atractiva por su pálida piel y la delicadeza de los rasgos de su rostro. Sus ojos muy azules y su abundante y clara cabellera que llegaba hasta la cintura, eran los encantos más notables de aquel cuerpo suelto y ligero.
Contagiada de tifus, cuando deliraba su abogado le hizo firmar unos documentos, susurrándole que eran necesarios para el pago de los obreros.
Doña Rosa, agonizante, firmó sin sospechar la gran estafa de que era víctima por su corrupto abogado, quien mediante este acto detestable se apropió de todos sus bienes.
Enferma y mísera, terminó sus últimos días llena de sufrimientos, llegando incluso a pedir limosnas en la capital para poder subsistir, humillada y pisoteada por gentes que no imaginaron nunca que aquella mendiga de las calles habaneras fue la dueña y señora de una de las más fecundas empresas de la producción azucarera de la provincia habanera.
Son muchas las personas que relatan haber visto en diferentes lugares de lo que antes fueran sus predios, al quejumbroso espíritu de Doña Elena Rosa.
Aparece en la antigua industria, en el batey, en las ruinas que quedan de lo que fuera su esplendorosa casona de vivienda perfumada por sus esmerados jardines de rosas.
La ven vagando descalza, cubierto su delgado cuerpo con un vestido blanco; pero son sus gemidos, sus lamentos, los que estremecen a los que han percibido su espíritu.
Dicen que su alma no descansa en paz, porque siente el dolor de una venganza que no fue consumada, ya que nunca se hizo justicia a quien la condenó a morir en vida, desterrada del mundo donde fue feliz



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